Tras 33 km cara a cara con el viento, de pronto se alía a nosotros. Comienza a empujarnos, y tal es la fuerza con que lo hace que no necesitamos dar kicks para avanzar. Parecía que nos moviamos a motor. Sentíamos la aceleración.
En la mar, remolinos ascendentes. Olas.
Tal era la velocidad que tuvimos que usar los frenos para no desvocarnos.
Una subida en curva. De nuevo cara a cara con el viento, más bravo aún.
Asimos fuerte los manillares, agachamos las cabezas y empujamos desnivel hacia arriba con vigor.
Superada la curva, nos azotó sin piedad de costado. Los carros viraron; primero uno después, el otro. Los Kickbike también. Los dos equipos se arrastraron por el suelo medio metro por el asfalto. Rápidos pudimos agarrarlos. Casi incrédulos ante lo que nos estaba sucediendo, reaccionamos raudos.
De un vuelo lo metimos todo para una hondonada paralela a la carretera.
Quedaba poco, apenas un kilómetro para llegar a un camping.
En ese refugio improvisado, pensamos cuál sería la solución. No podíamos esperar que el viento cediera. Había que continuar.
Nos abrigamos, decidimos avanzar por la hondonada aunque la hierba está muy alta a sabiendas que habría que empujar. Mejor eso, rodar lentamente a salir de nuevo al azote indomable.
Y... precisamente fue la hierba la que nos permitió avanzar sin mayor dificultad.
A cincuenta metros del camping se terminó la mar de hierba. De nuevo al asfalto. Un carro hizo tijera. Un último esfuerzo, trabajando en equipo de dos. Superado.
Las energías que no se ven, son las más poderosas.
El tesón como el viento,
El viento como la ilusión...
Dinamismo.
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