Adentrarnos en las pistas con el Kickbike, alejarnos del asfalto por unos días .
Salimos de Húsafell cargados de energía. Los baños en las piscinas termales recuperon cualquier pequeño síntoma de sobrecarga de nuestros músculos.
Nos adentrábamos al fin en un terreno de tierra, piedras, lava petrificada , cenizas volcánicas.
Constante ascenso. Kick a kick enseguida entramos en calor y buen ritmo; en desniveles muy pronunciados empujamos ; maravillados con el paisaje que se nos iba abriendo.
Discurrimos por lo que fue un gran río de lava volcánica; por encima de pliegues de magma que al enfriarse tomaron formas curiosas. Redondeados escalones, pliegues, superposiciones... Ahora en parte cubierto de musgo.
El primer día de pista paramos algo apartados de un caudaloso río procedente del glaciar Langjökull.
Unos motoristas nos avisaron que se prognosticaba una fuerte tormenta. Esa noche fue tranquila.
Al amanecer y echar un vistazo al río, vimos un pescador con su caña y su afición disfrutando el intenso fluir. Las aguas bravas y salvajes. Hay buenos salmones y truchas.
En varios porteos sacamos todo el equipo al camino, allí ensamblamos bien. Cada vez que nos vamos de un lugar, recogemos y nos aseguramos de no dejar embalajes o plásticos. Agradecemos poder acampar libremente. Lo menos que hay que hacer es cuidar que todo quede de igual manera que como nos lo encontramos.
Nos pusimos en marcha, abrigados. El cielo estaba gris plomizo y el viento movía las nubes en grandes masas, muy rápidamente . Comenzó a llover bastante,las rachas de viento nos golpeaban. De nuevo nuestras direcciones se contraponían .
Que nadie me pregunté por qué son los mejores momentos de la aventura. ¿Por qué, cuando más disfruto? No sé muy bien explicarlo. Esos instantes en que una se siente tan pequeña ante los elementos en el medio, y al mismo tiempo sacando la fuerza para continuar adelante y superar los obstáculos que surgen. Sentir la vida.
Nos desviamos a Surtshellir. Recordamos lecturas de Julio Verne estando allí. Una inmensa gruta, un gigante conducto hacia las entrañas del centro de la Tierra...
El terreno varía tanto de color, como en dureza. A veces piedras negras, gravilla, rocas como piedras pómez, otras más sueltas rojas y muy desmenuzadas; polvo, cenizas. Barro y charcos.
Nos llovió hasta llegar al punto en que la naturaleza dijo:
-Hasta aquí habéis llegado por ésta vez. Podéis regresar por donde habéis venido. Gracias por la visita...
El río bien crecido y alegre pasa estos días por encima de la F578.
Nos miramos atónitos.
Unos 30 metros de río, con una profundidad considerable nos cortaba el paso.
Nos tomamos un tiempo de reflexión. Analizamos, valoramos...
Cruzar. La temperatura del agua es baja... Fría . Soplaba un viento cortante.
Riesgos. El caudal baja con fuerza y estrépito...
Nuestras caras reflejaban incertidumbre.
Volvernos sin intentar cruzar el río .
Intentar cruzar un río que se antojaba furioso.
Volver sobre nuestros kicks...
La naturaleza es soberana. Ella nos dicta.
Nos volvimos, miramos varias veces hacia atrás, como esperando que algo extraordinario ocurriese.
Vimos de pronto un convoy de 4x4. Regresamos al cauce del río y allí tras cruzar ellos, nos explicaron que hay una profundidad de un metro.
Nada. Ni intentarlo. Demasiada agua, demasiada fuerza y frío.
Nadie nos exige nada. Sólo nosotros dos nos exigimos a nosotros mismos, ni siquiera el uno al otro. Y nuestra mayor exigencia propia; la de cada uno en particular, y esa es común; es disfrutar de la aventura.
Nos volvemos.
La tormenta nos pasó por encima; ya habíamos montado la tienda que fue zarandeada como la vela de un velero en plena tempestad. Durante horas nuestras espaldas hicieron de paraviento, y en ese incesante forcejeo caímos rendidos . Cuando despertamos todo era calma.
En el cielo se había abierto un claro azul. El glaciar luminoso muy blanco. Muy nevado.
Unas sopas y unos cacaos calientes, nos entonaron.
Hicimos noche en medio de unas lenguas negras de lava y ceniza; un paraje lo que se dice " lunar".
A la mañana siguiente volvimos al tramo donde la carretera está anegada por las aguas que bajan del glaciar. Buscamos un posible paso aquí y allá. Hacia arriba y hacia abajo, pero de nuevo nos dijimos que sería arriesgar demasiado.
Hay que respetar los ríos, su fuerza.
Íbamos a seguir disfrutando. Y tanto que lo hicimos...
La vuelta fue, de lo más. Lo que habían sido nueve horas a la ida; se convirtieron en tres horas de Kickbike con impresionantes downhill en esta isla de hielo y fuego.